domingo, 20 de octubre de 2013

El lobo y el presagio





Cierto día levantándose un lobo muy de mañana vio una señal favorable, y dijo: "Esto es de muy buen agüero. Doy gracias a los cielos, pues hoy me hartaré a mi gusto." Así, pues, se fue muy contento a buscar aventuras. 

Halló en el camino mucha manteca de puerco, que se había caído a unos arrieros, y volviéndola y revolviéndola, la olió muchas veces, y dijo:
-"No comeré hoy de ti, porque sueles descomponerme el vientre, y estoy cierto que hoy tendré mejor comida, según el pronóstico de esta mañana."
Un poco más adelante halló una lonja de tocino salado y seco, oliendo el cual, dijo:
-"No comeré hoy de ti, pues estoy cierto que hallaré cosa mejor."

Bajando después a un valle, halló una yegua con su hijo, y dijo entre sí:
-"Gracias al cielo, ya sabía yo que hoy había de hartarme de buena comida", y llegándose a la yegua, le dijo: "Vengo muy cansado: tengo hambre, y me habrás de dar a tu hijo, para que le coma."

La yegua respondió:
-"Haz lo que gustares; pero, señor, ayer caminando se me hincó una espina en este pie, ruégote, que pues eres cirujano afamado, me la saques y cures primero, y después te comerás a mi hijo."
Creyendo esto el lobo, se llegó al pie de la yegua para sacarle la espina, y ella le dió tan grande coz en la frente, que dio con él en el suelo, y librándose así del lobo, se fue con su hijo a la montaña. El lobo recobrando los sentidos, dijo:
-"No hago caso de esta injuria, pues que hoy espero hartarme", y continuó su camino.

Apenas hubo andado un poco, halló dos carneros que pacían en un prado, y dijo entre sí:
-"Ahora sí, que comeré a mi gusto"; y llegándose a ellos les dijo: "Preparaos, pues me vaya comer a uno de vosotros."
-"Haz lo que quieres", respondió uno de ellos, "pero te suplicamos que primero des una sentencia justa en el pleito que tenemos sobre este prado, que fue de nuestro padre, y no sabemos cómo partirlo entre los dos, por lo que reñimos todos los días."
-"Haré con mucho gusto lo que me suplicáis", respondió el lobo, "mas quisiera que me dijéseis antes en qué término queréis se haga la división."
Entonces dijo el otro carnero:
-"Señor, ya que preguntas el modo, a mí me parece que no se debe partir, sino que te pongas en medio del prado; nosotros estaremos uno en cada extremo, correremos ambos a un tiempo, y aquél que llegare a ti primero le darás el prado, y el otro te lo comerás cuando quieras."
-"Hágase así", dijo el lobo, "me parece bien".
Fuéronse los carneros cada uno a su extremo, y corriendo con gran ímpetu al centro del prado donde estaba el lobo, le dieron los dos a un tiempo tan fuerte golpe, que el lobo cayó en el suelo, quebrantadas las costillas y medio muerto; pero poco después volvió en sí, y dijo:
-"Ni aún debo hacer caso de esta otra injuria, pues he de hartarme hoy, según el vaticinio."

Llegando en esto a la orilla de un río, halló una puerca con sus hijos que estaba paciendo, y dijo:
-"Bendito sea este día, ya sabía yo que hoy había de hartarme a mi satisfacción." Enseguida intimó a la puerca le entregase sus hijos.
-"Señor", respondió ella, "haz lo que quieras; pero deben lavarse y limpiarse primero, según costumbre que tenemos. A
sí te ruego, que pues la fortuna te ha traído aquí, tú mismo los laves, y después escoge de ellos los que más te agraden."
El lobo entonces tomó un lechón y se inclinó en la orilla del río para meterlo en el agua y lavarlo; pero la puerca acercándose de pronto por detrás, le dio tan gran empujón que lo arrojó al río, y arrebatado de la impetuosa corriente, fue a dar en un molino, de donde salió muy lastimado. Al fin con mucho trabajo pudo escapar de aquel peligro, y dijo:
-"Grande ha sido este infortunio, mas no hay que arredrarse, pues este día debe ser sin duda afortunado."

En esto pasó cerca de un lugar, donde vio unas cabras que brincaban muy alegres en un prado, y llegando a ellas les dijo que iba a escoger una para comérsela.
-"Bien está", respondieron ellas, "pero antes cántanos alguna cosa, pues deseamos oír esa voz que tanto alaban todos por suave y melodiosa."
El lobo que era no poco presumido, comenzó a aullar todo cuanto podía. Los aldeanos oyendo los aullidos salieron con armas y perros, y le dieron tantos golpes, que quedó casi muerto.

En fin pudo librarse de los perros, y debilitado y herido se puso a descansar debajo de un árbol, prorrumpiendo en estas quejas:

 -"¡Oh cielos, cuántos males! ¡Cuántos infortunios he padecido hoy! Yo soy el culpado; porque ¿quién me hizo despreciar la manteca de puerco que hallé en el camino, y desechar asimismo la carne salada, sino mi soberbia y vanidad?
Si yo no he aprendido jamás cirugía ¿por qué quise curar a la yegua?
Si yo no he saludado las leyes, ¿quién me metió a juzgar el pleito de los carneros? Si no he sido jamás comadre, ni lavandera, ¿por qué quise lavar en el río los cochinos? ¡Oh Júpiter, arroja desde tu trono un rayo sobre mi cabeza!"


A esta sazón había un hombre encima de un árbol, limpiando y cortando algunas ramas, y oyendo las palabras del lobo, le tiró el hacha con que limpiaba el árbol, y lo hirió en el espinazo; el lobo alzando la cabeza, dijo:
-"¡Oh Júpiter, qué pronto has oído mi súplica!"

No se debe creer en agüeros, pues son vanas señales que siempre engañan.Ni se debe confiar mucho en los principios lisonjeros, pues algunas veces los fines son adversos. 

(Esopo. 620 - 564 a.C.)

sábado, 28 de septiembre de 2013

Calzonazos




Cuando usamos dinero,
adquirimos productos o servicios. 
Un producto es algo que ha hecho otra persona,
y un servicio es algo que nos hace otra persona.  
Por tanto, no queremos dinero;
queremos que alguien haga algo para nosotros.
 
¿Cómo conseguir que alguien haga cosas para nosotros?

  • Asegurándole que le devolveremos el favor en el futuro.
  • Usando la violencia.
  • Aumentando su deseo por algo que poseemos.
Así:
  • Un vecino nos riega las flores porque piensa que nosotros le cuidaremos su hamster en vacaciones. 
  • Un cajero nos da la recaudación por miedo a que le disparemos con un arma.
  • Un drogadicto hará cualquier cosa por conseguir su dosis. 
  • Un calzonazos hará cosas para su mujer porque ella aumenta su deseo sexual, pero sólo le permite aliviarlo cuando a ella le interesa.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

La tartamudez no es una enfermedad

A veces me canso de que repetir a la gente que no estoy nervioso, que no pienso más rápido de lo que hablo, que no me pasa nada. Simplemente, soy tartamudo. Y no, no hay cura, porque hasta donde se conoce, no es una enfermedad. Otra cosa es que me ponga enfermo al ver a la gente reaccionando con caras raras a mi manera peculiar de hablar.

Por eso, me he tomado la licencia de poner aquí un artículo de mi buen amigo Cristobal Loriente, para los que sintáis curiosidad sobre el tema.

La tartamudez no es una enfermedad

¿Qué es la tartamudez? ¿Cuál o cuáles sus causas? ¿Por qué los tartamudos tartamudean sólo en situaciones de diálogo y no cuando están solos? ¿Y por qué lo hacen casi siempre con su nombre y no con otras palabras menos comprometidas? Éstas son algunas de las preguntas que la ciencia aún no es capaz de responder para desesperación de investigadores y tartamudos. Pues bien, el profesor Cristóbal Loriente Zamora -doctor en Sociología, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, profesor de Sociología y Antropología Social en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y autor de la tesis doctoral  La tartamudez como fenómeno sociocultural: una alternativa al modelo biomédico y del libro Antropologia de la tartamudez. Etnografía y propuestas (Bellaterra, 2007)- nos acerca a este fenómeno y al drama de miles de personas estigmatizadas que son además innecesariamente medicadas por el mero hecho de tener un patrón de habla diferente. Cuando la tartamudez no es ni una enfermedad mental ni, como comúnmente se cree, consecuencia del nerviosismo, la inseguridad o la existencia de un trauma psicológico sino que está inscrita en las profundidades de quienes la portan siendo simplemente algo tan singular como la zurdera de los zurdos.

 “La disfemia –vocablo que designa el patrón de habla tartamudo- ha sido, y continúa siendo un enigma para los foniatras, para los investigadores y para los propios enfermos”. Enigma que supone “la desesperación del médico, la oportunidad de los charlatanes y la vergüenza de la Foniatría”. Así de contundente se mostraba el doctor Jorge Perelló, el investigador español más destacado del siglo pasado en esta materia. Y es que a pesar de su complejidad -o precisamente por ella- las ciencias biomédicas que han estudiado este fenómeno -principalmente la Otorrinolaringología, la Foniatría, la Psicología y la Logopedia- han propuesto explicaciones de distinta naturaleza que conviene analizar críticamente a fin de lograr la necesaria dignificación que requiere la tartamudez.

Infiero que la mayor de los lectores habrá conocido a algún tartamudo a lo largo de su vida -en el trabajo, la escuela, el instituto, la universidad, etc.- y que, posible sonrisa o carcajada que les pudiera provocar aparte, sus esfuerzos y gestos por sacar las palabras les habrán dejado perplejos preguntándose sobre la causa. Y como la mayoría de las personas tartamudean en ciertas situaciones sociales –principalmente cuando están nerviosas o ante una gran audiencia- infiero igualmente que habrán pensado que los tartamudos sufren simplemente ese nerviosismo o inseguridad en mayor medida. Bueno, pues tal extrapolación es un error. Es como pensar que los zurdos utilizan la mano izquierda porque tienen la derecha ocupada. O que los enanos lo son porque siempre vistieron ropa pequeña. O que los homosexuales lo son porque nunca disfrutaron de una buena compañía heterosexual. Y es que hay que dejar claro que la tartamudez de los “fluidos” –esto es, de los que normalmente hablan con fluidez- nada tiene que ver con la de los tartamudos. La “tartamudez de los tartamudos” no es consecuencia del nerviosismo, la inseguridad o la existencia de un trauma psicológico, su tartamudez está inscrita en las profundidades de quienes la portan por lo que es tan singular como la zurdera de los zurdos, el enanismo de los enanos, el gigantismo de los gigantes, la homosexualidad de los homosexuales o la ancianidad de los ancianos. Como bien escribía una tartamuda en un foro virtual: “Soy nerviosa, lo admito, pero ha llegado un punto en el que no aguanto que asocien mi tartamudeo a mi carácter. No es que sea nerviosa, ni soy tan lista que pienso más rápido que hablo, ni soy impaciente, ni estoy permanentemente en situaciones de estrés, ni cansada, ni en exámenes; ni soy inquieta, ni ansiosa... Soy tartamuda. Simple y llanamente”.

Dolorosa Estigmaticación

En suma, la “tartamudez de los tartamudos” –que en lo sucesivo llamaré tartamudez a secas- es única, singular y en cierto modo inevitable. El problema es que en su día la Medicina la concibió e interpretó como un conjunto de síntomas –es decir, un síndrome- que debían tratarse médicamente y cuya etiología -causa o causas- fue variando según el paradigma dominante de cada época. Y así se hablaría de descompensación humoral, lengua anatómica y funcionalmente patógena, personalidad anómala, impulsos nerviosos irregulares, consecuencia de fijaciones anales u orales todavía no resueltas, genes defectuosos, presión comunicativa excesiva, etc. Hasta llegar a nuestros días en que el DSM-IV-TR -el manual de obligada referencia para el diagnóstico de las enfermedades mentales- de la American Psychiatric Association de Estados Unidos establece que se trata de un “desorden mental”. Más concretamente un trastorno de la comunicación. En otras palabras, la biblia de los psiquiatras clasifica la tartamudez como enfermedad mental. Nada menos. Simplemente ¡porque no consiguen detectar ninguna anormalidad en el aparato fonador, neuromuscular o respiratorio del tartamudo!
Es decir, que se ha diagnosticado y clasificado como conducta anómala propia de una enfermedad mental porque sus síntomas no parecen obedecer a disfunción fisiológica alguna. Con lo que la tartamudez, a causa de esa decisión arbitraria de algunos miembros de la clase médica, ha sido estigmatizada dañando grave y gratuitamente a los tartamudos. Destacados sociólogos -como Erving Goffman o Peter Fiedler- así lo denunciarían recordando que un estigma es “la posesión de un atributo socialmente desacreditador” y que los tartamudos han sido claramente estigmatizados al crearse un estereotipo sobre su singularidad absolutamente humillante y cruel. Estereotipo según el cual los tartamudos son personas nerviosas, introvertidas, inseguras, tensas, tímidas cuyo origen está en las investigaciones que la Biomedicina llevó a cabo durante el siglo pasado. “El hecho de concebir al tartamudo como una persona nerviosa, insegura o que tiene miedo a hablar –explico en la tesis doctoral que con el título La tartamudez como fenómeno sociocultural: una alternativa al modelo biomédico publiqué recientemente- es consecuencia de las teorías que consideran la tartamudez como una afección de origen nervioso; suponer o sospechar que un tartamudo es una persona traumatizada (o con algún tipo de trauma de origen infantil) es fruto de las teorías de corte psicoanalítico o psicodinámico; asociar el patrón de habla tartamudo y la personalidad es el resultado de las investigaciones de la Psicología psicométrica; y por último, quienes consideran que el tartamudo presenta irregularidades neurológicas con consecuencias en la coordinación de sistemas, movimientos y similares se basan en las investigaciones científicas que arrancan en 1929 en la Universidad de Iowa (EEUU)”.

En suma, clasificar la tartamudez como síndrome patológico y, en concreto, como desorden mental ha generado un estereotipo que ha estigmatizado injustamente a los tartamudos. Y nadie es ajeno al mismo porque como el estereotipo es omnipotente y omnipresente la comunidad tartamuda siempre estará acompañada de una sombra que la condena al ostracismo o, como ellos mismos denuncian, a lamuerte social. Se trata además de un estigma que termina penetrando lenta pero insidiosamente en la psique del tartamudo hasta constituir su centro de gravedad, especialmente en las edades en las que la persona es más débil como la adolescencia y la juventud.

¿Y cómo repercute el estigma en el estigmatizado? ¿En qué se traduce? Pues en sufrimiento. Porque estigma es sinónimo de sufrimiento. Todas las investigaciones -incluidas las de personalidades como Corcoran y Stewart- reconocen que éste preside la vida cotidiana de todo tartamudo. Transcribo el testimonio en un foro de uno muy atormentado -que a mi juicio representa el estado de ánimo de gran parte de la comunidad tartamuda joven o adolescente- como simple muestra: “Hola a todos. He escrito en anteriores ocasiones. Me llamo Roberto, tengo veinte años y tartamudeo desde siempre. Ya estoy harto de todo esto. Muchas veces se me pasean ideas suicidas por la cabeza. Nunca lo he intentado pero creo que si en alguna ocasión en que estuve mal hubiese tenido un arma seguro que me volaba la cabeza. Sé que necesito ayuda psicológica pero, bueno, tampoco la he buscado. Estoy muy inconforme con esta forma de vida. He llorado muchísimo por esto, como todos ustedes, pero yo casi he arrojado la toalla. No puedo hacer nada. Yo creo que ser tartamudos nos ha arruinado la vida a todos nosotros. Por lo menos yo nunca seré feliz. Adiós”.

¿Son o no estas palabras ejemplo de cómo el sufrimiento de las personas que tartamudean puede llegar a transformarse a lo largo de la vida en dolor existencial, en un dolor que puede perturbar la realidad subjetiva y afectar a la identidad tanto como el dolor físico? “La aparición del dolor es una amenaza temible para el sentimiento de identidad” porque “el dolor induce a la renuncia parcial de sí mismo, a la continencia por la que se apuesta en las relaciones sociales”, escribe David Le Breton en su obra Antropología del dolor. Añadiremos que es cierto que el dolor existencial tiene muchas caras pero todas impiden o dificultan la consecución de objetivos vitales como la formación académica, el matrimonio o el trabajo. En suma, la tartamudez se ha convertido en un grave impedimento para satisfacer las necesidades vitales del tartamudo por el simple hecho de que se le ha estigmatizado gratuita e injustamente.

Cabe añadir que la clasificación de la tartamudez como “enfermedad mental” –algo tan absurdo como improcedente- ha llevado además a que los tartamudos sea considerados unos enfermos a los que hay que “tratar” médicamente; es decir, con fármacos. Un auténtico dislate porque tras siglos de hipótesis -más o menos disparatadas- para explicar el “fenómeno” a día de hoy los “expertos” siguen sin saber las “causas” de la “enfermedad”. Y sin conocer la causa de una enfermedad es imposible afrontarla. Luego hacer ingerir fármacos a los tartamudos es un sinsentido.
Recordemos de hecho que la mera definición de tartamudez ha sido ya tan variada que autores como Culatta y Goldberg manifiestan con ironía: “Si reuniéramos a diez logopedas tendríamos once definiciones de tartamudez”.

La tartamudez no tiene tratamiento médico

En definitiva, debemos afirmar con rotundidad que tratar la tartamudez médicamente carece de sentido. Francois Le Huche explica en su obra "La tartamudez, opción curación", la existencia de ¡más de 200 tratamientos! sin que ninguno haya demostrado mayor eficacia terapéutica que unplacebo. En ese sentido la Agenciade Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Junta de Andalucía llevó a cabo precisamente en el año 2007 un magnífico trabajo sobre la eficacia de los tratamientos de la tartamudez y su conclusión fue tan clara como concisa: “No se han encontrado intervenciones para la tartamudez claramente eficaces en términos de resultados relacionados objetivamente con el habla” (el trabajo puede consultarse en www.juntadeandalucia.es/salud/contenidos/aetsa/pdf/tartamudez_def2.pdf).

Todo indica pues que investigadores, profesores, padres y tartamudos intuyen que la tartamudez no tiene cura pero pocos se atreven a manifestarlo porque saben que el mayor deseo del tartamudo es superar su problema. Como saben que medicalizarla no ha servido para que los tartamudos mejoren sino para estigmatizarlos al haber decidido considerarlos personas con un “problema mental”. La medicalización les ha perjudicado sin beneficio de ningún tipo. De ahí que en consonancia con el movimiento desmedicalizador que comenzara en 1975 Iván Illich parezca sensato desmedicalizar la tartamudez ya, de inmediato. Y concebirla simplemente como lo que es: una manifestación de la diversidad humana exenta de patología que por tanto no debe ser estigmatizada. Los investigadores Conrad y Scheiner lo tienen claro: “La ‘desmedicalización’ aparece cuando el problema deja de definirse en términos médicos y no se conciben los tratamientos clínicos como directamente relevantes para la solución del problema”.
Ha llegado el momento de que la sociedad entienda y asuma que la tartamudez no es una enfermedad sino una singularidad de nuestra especie que exige ser respetada y dignificada. Como todas las singularidades.

Es hora pues de que quienes aún se mofan de los tartamudos y hacen chistes fáciles con ellos abandonen esa actitud. Reírse de las peculiaridades de otro ser humano es algo abyecto y despreciable. Y los tartamudos son personas sanas e inteligentes con una singularidad que simplemente les dificulta la comunicación con los demás (si no tienen la paciencia necesaria para esperar unos segundos más de lo habitual).



Cristóbal Loriente Zamora 
Doctor en Sociología, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, profesor de Sociología y Antropología Social en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y autor de la tesis doctoral  La tartamudez como fenómeno sociocultural: una alternativa al modelo biomédico y del libro Antropologia de la tartamudez. Etnografía y propuestas (Bellaterra, 2007)

jueves, 14 de febrero de 2013

¿Por qué me quieres Andrés?




Existen muchas dificultades para comprender que lo que en nuestra vida cotidiana llamamos afecto no es otra cosa que la ayuda que necesitamos de los demás para sobrevivir. Esta dificultad radica en que se suele pensar que el afecto es un fenómeno no material, intangible y no mesurable, lo que provoca numerosos errores y prejuicios, porque no es verdad.

Comprender y aprender que el afecto es un fenómeno material, tangible y cuantificable cambia radicalmente la forma de afrontar nuestras relaciones afectivas y posibilita la solución a numerosos problemas derivados de los desequilibrios afectivos.

Por ejemplo, si prestamos ayuda a nuestra pareja o a nuestros hijos lo llamamos amor o cariño, si prestamos ayuda a un amigo lo llamamos afecto o amistad y si ayudamos a desconocidos lo llamamos ayuda o solidaridad.

Sea cual sea la palabra que utilicemos, siempre nos estamos refiriendo a una misma clase de hechos. Quizás la palabra más general y más amplia, a nuestro entender, que los designa sea ayuda,  aunque es de libre elección escoger otra cualquiera.

Ayudar siempre significa realizar un esfuerzo en beneficio de otra persona. Cuando ayudamos a otra persona o a otro ser vivo, lo hacemos consumiendo una cantidad de nuestra energia (de ahi el esfuerzo) que transferimos, en parte, a la otra persona (de ahí su beneficio).

Constatamos que sin la ayuda de los demás los seres humanos no podemos sobrevivir y que esta ayuda adopta la forma de afecto, amor, cariño, solidaridad, amistad, cuidados, atención, etcétera, según el contexto y el tipo de ayuda proporcionada.

No se puede ayudar telepáticamente o simplemente con la intención, ya que no nos sirve de nada que cientos o miles de personas quieran ayudarnos si ninguna de ellas hace el más mínimo esfuerzo por nosotros.

Es muy importante puntualizar que no toda transferencia de energía entre dos seres vivos es afecto.
Para destruir a un ser vivo también hay que hacer un trabajo sobre él, un esfuerzo.Pero esta clase de trabajo no es afecto, ya que no beneficia a quien lo recibe.

Es decir, sólo es afecto aquel trabajo realizado sobre otro ser vivo que aumenta sus probabilidades de supervivencia. Si todo acto de ayuda implica una pérdida de energía de quien ayuda y una ganancia de energía de quien recibe, la pérdida y la ganancia se manifiestan en una disminución y un aumento respectivo de las probabilidades de supervivencia de cada uno.

En la naturaleza nada es gratuito y el afecto, como un hecho de la naturaleza (trabajo), no escapa a esta terrible ecuación. Ésta es la razón por la que existen tantos problemas en las relaciones afectivas.


Si el afecto fuera algo espiritual (no material) no existiría ningún problema para que todo el mundo pudiera disfrutarlo sin limites. Pero la experiencia cotidiana nos enseña que el afecto es muy escaso en las relaciones humanas y la razón no es otra que el hecho de que el afecto es simple y llanamente una transferencia física y real de energía, trabajo y vida, y que tal transferencia está sujeta a todos los límites impuestos por las leyes de la naturaleza.

Ésta es la razón por la que muchas personas adultas no pueden ofrecer afecto a los demás, debido a que su capacidad de trabajo, de resolver problemas y de enfrentarse a las dificultades es muy escasa y ni siquiera cubre sus propias necesidades.

La imposibilidad de sobrevivir por si mismos la contrarrestan recibiendo energía y vida de otros congéneres, quienes pagan, sufren y acarrean los costes físicos y reales de tal ayuda. Si bien es cierto que podemos ayudar a los nuestros sin poner en serio riesgo nuestra salud y supervivencia, también es verdad que si tal ayuda no se realiza con cautela puede suceder muy fácilmente (como de hecho ocurre) que el balance entre la ayuda recibida y la proporcionada esté muy desequilibrado, lo que conduce a graves perjuicios en la salud psíquica.
Si el afecto es energía, y la energía se almacena en forma de dinero, ¿afecto es igual a dinero?
Tirando de refranero:
-¿Por qué me quieres Andrés?
Por el interés
-¿Y por qué más?
Porque me das.
Referencias:
 Más amor y menos química - Carolina García . Ed. Aguilar, 2010.

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Qué es esto? Primera parte


El frontón creativo

El monje zen Pai Chang (720-814 d.c.) tenía tantos estudiantes que tuvo que abrir un segundo monasterio. Para nombrar a un maestro para que se encargase de éste, reunió a sus monjes y se presentó ante ellos con un jarrón, y pregunto:
-Sin decir que es un jarrón, decidme, ¿qué es esto?
El monje principal dijo: "No se puede decir que sea un trozo de madera"
Otro monje dijo: "No es el espacio vacío que hay dentro"
En ese momento el cocinero del monasterio apareció, derribó el jarrón con el pie y a continuación se fue.
Po-Chang puso el nuevo monasterio a cargo del cocinero.

La pregunta capital de toda la historia de la Filosofía es "¿Qué es el ser?". Y milenios después, seguimos sin respuesta.

Los seres humanos nacemos y despertamos a la conciencia sin tener ni idea de por qué estamos aquí y qué es todo esto que nos rodea. Lo curioso es que morimos de la misma manera que hemos nacido, rodeados de una interrogación.

Parece ser que a los humanos nos incomoda no tener respuestas a lo que nos preguntamos, así que preferimos inventarnos historias que calmen esa inquietud antes que aceptar la duda de la existencia o nuestra incapacidad para comprenderla.
Es algo que yo llamo el "frontón creativo" y que funciona de manera muy simple: Un humano lanza una pregunta y en el frontón rebota una respuesta en forma de historia ficticia que satisface la curiosidad.

De esta forma preguntamos: ¿Qué es todo esto? y cada vez que lanzamos la pregunta, el frontón nos da una respuesta diferente.

Todo esto es:

Dios
La naturaleza
Los espíritus
El Kaos de los griegos
Una creación de uno o varios dioses que están fuera de esto
Una creación de Quetzalcóatl, el dios del maíz
La creación de Izanagi e Izanami con la lanza Ama-no-Nuboko japonesa
La creación de Ymir, la vaca Audhumbla y Odín
El Universo autocontenido
Miles de trillones de multiversos
Una fractura de simetría en el vacío cuántico
El Tao
La rueda del samsara
Un valle de lágrimas
Una ilusión creada por nuestra propia mente
Nada
... y cualquier otra cosa que vaya surgiendo.

Cada época ha dado respuestas creativas a la profunda e imperiosa necesidad de saber qué es esto. Los humanos se han agrupado en torno a diferentes respuestas y han creado países e imperios luchando contra otras creencias. Lo sagrado ha sido preservar la propia idea de la realidad y lo sacrílego aquello que la pone en entredicho.

El autor de este blog no es tan osado como para pretender tan siquiera intentar responder a esta pregunta, pero hay otras preguntas que desde mi humilde punto de vista, pueden tener una respuesta más precisa.

¿Qué es la vida?

La vida parece ser una propiedad emergente surgida de la capacidad de la materia inorgánica para formar estructuras estables aprovechando la energía en presencia de una fuente constante de energía como nuestro Sol. La explosión y choque de materia durante el tiempo geológico propició la aparición de moléculas capaces generar orden interior. La recombinación de unas moléculas con otras dio lugar a macromoléculas cada vez más estables.

La vida parece presentar un comportamiento fractal, pues este es idéntico a diferentes escalas. Las moléculas primigenias necesitaban energía para permanecer estables, y todos los seres vivos seguimos necesitándola.

Todos buscamos aferrarnos a una fuente de energía que nos proporcione la estabilidad necesaria para mantener la vida que llevamos dentro. Así, las crías sienten el impulso de estar con sus madres para asegurarse la energía que las mantiene con vida; los padres sienten el impulso de estar con las crías para asegurarse de que sus crías sobreviven. Y de esta forma, la vida continúa.

El ciclo nacimiento-crecimiento-reproducción-muerte no siempre ha existido. Los primeros organismos, como las amebas, eran inmortales si las condiciones del entorno no cambiaban. Pero como sí cambiaban, comenzaron a triunfar aquellos organismos que pasaban su información a otros nuevos seres que podían adaptarse de forma más flexible a una realidad cambiante.

La muerte es necesaria para que la vida se mantenga. Y es que precisamente esa es la única finalidad de la vida: su propia supervivencia.

¿Para qué estamos aquí?

Nada es tan importante para la vida como sobrevivir. Para ello utiliza creaciones cada vez más sofisticadas como las células, las plantas y los animales. Cada ser, que no es más que una herramienta del sistema-vida, aprovecha la energía de su entorno y colabora o lucha contra otros seres que también intentan hacer lo mismo. Los seres más adaptados a la lucha o la colaboración sobreviven y los que no, se extinguen.

Cuando un ser humano estudia, trabaja, lucha, ama, roba o mata, obtiene energía de su entorno para hacer que la vida que está dentro de él, continúe en la siguiente generación. La recompensa que nos da la vida por ayudarla es el placer y el castigo por no seguir sus dictados es el dolor.

La vida ha sufrido grandes retos a lo largo de su historia, en forma de extinciones masivas: Glaciaciones, sequías, descensos y ascensos del nivel del mar, erupciones volcánicas masivas, terremotos, choques de asteroides... Nada ha podido con el simple y eficaz diseño de la persistencia de la vida: si se extinguen unas especies, otras toman el relevo.

Y es que la persistencia es la cualidad más notable de la vida.
Si falta el oxígeno, los seres anaerobios triunfan. Si hay mucho oxígeno, éstos se encapsulan dentro de células. Si hay un entorno de agua, calor y azufre, cangrejos y sérpulas toman el relevo. Si la presión aumenta, no hay problema: ahí están los seres abisales. Si hay radioactividad, los tardígrados y las cucarachas sabrán bien qué hacer.

Parece como si la vida hubiese probado todas las posibilidades y tuviese un plan B para perpetuarse aprovechando la energía  disponible en cada momento.

No es de extrañar que podamos explicar el comportamiento humano en términos estrictamente energéticos, como intentaré hacer en el próximo post.



viernes, 11 de noviembre de 2011

El pésame de Einstein


Querido Dr. Marcus,

Un ser humano es una parte de un todo, al que llamamos “Universo”, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Él experimenta por si mismo (sus pensamientos y sensaciones) como si estuvieran apartados del resto; una especie de falsa ilusión óptica producida por su consciencia. El esfuerzo necesario para liberarse a uno mismo de esta falsa ilusión es un problema que debe resolver la verdadera religión. No alimentar esta falsa ilusión, sino intentar superarla, es la única forma de alcanzar un nivel de paz mental asequible.

Con mis mejores deseos,
Sinceramente suyo,
 Albert Einstein.


Esta carta de condolencia fue enviada por Einstein a Robert S. Marcus en febrero de 1950. Por aquel entonces Marcus era director político del Congreso Mundial Judío y acababa de perder a su hijo por la polio.  Esta reflexión va en línea con lo propuesto por el budismo zen y otros.



Fuente: http://amazings.es/2011/11/11/einstein-original-hasta-para-dar-el-pesame/

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Una posible solución: vida simple, corazón profundo

Con nuestros pensamientos hacemos el mundo


Cierta noche, un curioso personaje sufí llamado Nasrudín, se encontraba a cuatro patas bajo una farola buscando afanosamente algo. Un conocido vino a pasar por allí y, extrañado de encontrarle en aquella guisa a esas horas de la noche, le preguntó que le ocurría.

—He perdido la llave de mi casa y la estoy buscando —respondió Nasrudín.

Su amigo quiso ayudarle y se puso a buscar la llave junto a él. Al cabo de más de una hora de búsqueda sin resultado, el amigo le preguntó dónde la había perdido exactamente. Nasrudín le respondió distraído:

—¡Oh! La perdí en un callejon oscuro, a varias manzanas de aquí.

Su amigo, confundido le dijo:

—Entonces ¿por qué la estas buscando aquí?

—¿Porque aquí hay mas luz! —fue la respuesta de Nasrudín.

Nosotros somos como Nasrudín, hemos perdido la llave que abre el reino de la felicidad, la que nos abre las puertas de nuestro hogar original. Y estamos empeñados en buscarla no donde la hemos perdido, sino allí donde creemos que hay más luz.

Todos los seres somos esencialmente idénticos y buscamos exactamente lo mismo: ser felices y vivir en paz con nosotros mismos y con los demás.

Hagamos lo que hagamos, sea cual sea el sistema religioso, filosófico o político que sigamos, seamos conscientes de ello o no, la meta para todos es la misma: vivir en un estado de felicidad.

Lo que todos estamos buscando es la llave que nos abra este reino de felicidad. Todos anhelamos vivir en un hogar feliz y armonioso en el que podamos, por fin, descansar de tanto dolor, de tanta lucha, conflicto y sufrimiento.

En esto somos todos iguales porque este anhelo de felicidad es la fuerza esencial que mueve nuestra vida. Si perdemos la esperanza de acceder y de vivir en un estado de felicidad, nuestra vida pierde sencillamente su sentido y nos precipitamos en un abismo de depresión o de locura que, llevado a sus últimas consecuencias, termina por conducirnos al nihilismo, a la destrucción y a la muerte.

Desde los albores de su historia, la Humanidad está buscando la llave de la felicidad. Toda la historia de la cultura humana -en agricultura, arquitectura, ingeniería, arte, filosofía o religión- es la historia de la busqueda de la felicidad. Tenemos que reconocer que nuestros antepasados han hecho grandes esfuerzos en este sentido y que han obtenidos importantes logros en muchos aspectos de la vida humana.

No obstante, hoy día, después de miles de años de búsqueda, si somos honestos con nosotros mismos, no podemos evitar la intuición de que tal vez hemos estado buscando en una dirección errónea, o al menos parcial.

Por ejemplo, cometemos el error de identificar la felicidad con la renta per cápita o con el producto interior bruto, con la cantidad de bienes de consumo a los que podemos acceder, con la cantidad de dinero que poseemos para acceder a esos bienes de consumo, etc.

Y aunque la historia nos ha demostrado y nos sigue demostrando una y mil veces que el montante de nuestra cuenta bancaria no es garantía de felicidad personal, seguimos obsesionados con aumentar nuestra riqueza material. Como Nasrudín, buscamos la llave de nuestra felicidad allí donde no está.

Debido a este error de bulto, o de percepción como se dice en el Zen, nuestra vida se vuelve más y más complicada y confusa, hasta el punto de que olvidamos cual es el Norte de nuestros esfuerzos: se supone que todo lo que hacemos tiene como finalidad el gozar de una felicidad cada vez mas auténtica y real y, sin embargo, el mecanismo complicado que seguimos para ello nos aleja cada vez más de lo que perseguimos. Porque en esta vida todo tiene un precio, aunque muchas veces este precio no pueda ser valorado en términos monetarios o económicos.

Es hora de que reconozcamos que nuestra felicidad interna no depende de la cantidad de bienes que seamos capaces de producir y de consumir, ni de nuestro nivel de vida, ni del reconocimiento social que consigamos. Es hora de que volvamos a la realidad: el estado de felicidad tiene como principal agente a nuestra propia mente, a nuestra propia percepción.

Es nuestra propia mente la que genera felicidad o infelicidad dependiendo de ciertas leyes exactas que rigen su funcionamiento.

La ecuación fundamental planteada por el Buda Sakyamuni es muy simple: una mente impura genera un mundo impuro; una mente pura genera un mundo puro.

Por mente impura podríamos entender una mente cargada de odio, de cólera, de envidia, de agresividad, de ambición, de desconfianza, de celos. En resumidas cuentas, una mente impura es básicamente aquella que basa toda su cosmovisión en las ilusorias ideas del yo y lo mío.

Por el contrario una mente pura es aquella imbuida de solidaridad, de respeto hacia los demás, de bondad, de confianza, de alegría por el bien de los demás, de amistad, de compasión, de claridad. En resumidas cuentas, una mente que percibe claramente que ningún ser puede existir individualmente, por sí mismo, separado de todos los demás seres, sino que todas las existencias estamos íntimamente interconectadas en una unidad total. Una mente pura es aquella que reconoce las leyes que rigen esta interacción fundamental y que vive en el respeto a ellas.

La llave de la felicidad de los pueblos se halla en la mente de todos y cada uno de los individuos que los forman. Aquí es donde tenemos que buscarla.

El responsable último de nuestro estado de intelicidad actual no es el gobierno de la nación, ni nuestro cónyuge, ni nuestros hijos, padres, hermanos, novios. No es nuestro patrón ni nuestros empleados. No es la coyuntura económica ni la sequía ni las lluvias torrenciales. No es Dios ni Alá ni Buda. Es nuestra propia mente. He aquí el lugar donde hemos de buscar la causa del mundo que percibimos, sea cual sea.

Es nuestra mente la que genera el mundo en el que vivimos. Y lo hace utilizando los materiales de los que dispone: si siente envidia, odio, agresividad y ambición genera un mundo dominado por la envidia, el odio, la agresividad y la ambición; si siente generosidad, confianza, solidaridad y compasión genera un mundo repleto de generosidad, de confianza. de solidaridad y de compasión.

He aqui pues que somos nosotros los únicos responsables de lo que percibimos y de cómo lo percibimos. La llave de la felicidad se encuentra en nuestra propia mente y la responsabilidad de encontrarla es exclusivamente nuestra. En pocas palabras, esta es la esencia de la enseñanza de los maestros Zen. cuyo origen se remonta a la experiencia y al conocimiento alcanzado por el Buda Sakiamuni, hace más de dos mil quinientos anos y que ha sido transmitido de generación a generación, como una antorcha cuya luz y conocimiento han sido protegidos y transmitidos celosamente hasta nuestra época.

Esta enseñanza no es una teoría filosófica basada en la especulación sino el fruto de una real y profunda experiencia reactualizada generación tras generación por los maestros de la transmisión y por millones de personas que tanto en Asia como en Europa y America han puesto y siguen poniendo en practica el principio fundamental según el cual es la propia mente la que genera el mundo que cada uno de nosotros percibe.

Así como las imágenes y las situaciones que vemos en una pantalla de cine no son mas que una proyección de los fotogramas que desfilan a toda velocidad por delante del foco de luz del proyector, de la misma forma las imagenes y situaciones que vivimos en nuestra vida cotidiana no son más que una proyección sobre la blanca pantalla del mundo de los contenidos de nuestra propia mente.

Si la película que estamos viviendo no nos aporta felicidad verdadera y paz interior, la solución es muy simple: cambiemos de rollo. Cambiemos el rollo que continuamente estamos pasando por nuestra mente, es decir, purifiquemos nuestra mente de todo contenido indeseable.

Para poder cambiar de rollo necesitamos alguna cualificación, algunos conocimientos técnicos, de la misma forma que los necesitan los proyectistas de cine.

Necesitamos conocer como funciona nuestra mente. El Buda Sakyamuni puso a disposición de la humanidad una técnica espiritual muy valiosa para acceder al conocimiento de la propia mente. Esta técnica espiritual es la meditación zen llamada Zazen

La practica de zazen es muy simple y carente de artificios especulativos: se trata de sentarse y sentirse.

Sentarse significa parar al menos por unos minutos, la diabolica carrera de obstáculos en la que hemos convertido nuestra vida. Sentirse significa ser íntimo consigo mismo.

Zazen es así de simple. Sin embargo, su simplicidad va acompañada de una gran profundidad.

Dado el alto grado de sofisticación de nuestras sociedades actuales, hemos perdido el sentido de la sencillez, de lo íntimo y de lo evidente.

Creemos ilusoriamente que la felicidad es algo muy dfifícil cde onseguir y que para conseguirla debemos hacer todo tipo de cosas complicadas. O creemos que el progreso tecnológico, con toda su vasta complejidad, es lo que va a conducirnos en el futuro -siempre en el futuro- a un cierto estado de felicidad. O lo que es peor, caemos en el nihilismo y pensamos que nunca podremos acceder a la paz interior y al verdadero bienestar.

Sin embargo, el estado de felicidad. la paz interna, está muy cerca de nosotros: es la sustancia misma de nuestra mente.

Basta con que nos permitamos pararnos, hacer una pausa en nuestro largo y doloroso éxodo y, poco a poco, con paciencia y perseverancia, dejarnos reposar en el lodo estable y pacífico de nuestra propia mente.

¡Puedan estas palabras ser semillas de felicidad para muchos seres vivientes!

Ésta es mi plegaria en este dulce día de otoño en el que una lluvia suave cae como una bendición sobre las montañas del templo Luz Serena.


Prólogo del libro "Vida simple, corazón profundo" del maestro Zen español Dokushô Villalba.